A los doce años, que fue cuando se desarrolló, Jenny mostraba un físico espectacular, con sensuales curvas. Su frondosa cabellera castaño claro que caía hasta la mitad de su espalda, era recogida con un cintillo a manera de cola de caballo que la hacía ver, precisamente, como una potrilla indómita.
De tez blanca, rostro angelical, ojos color miel enmarcados por delgadas cejas. Labios carnosos de carmesí natural. Siempre mostraba una tierna sonrisa. Una cualidad que cautivaba a muchos era su risa explosiva que mostraba, además de dos hileras de dientes blancos y bien conservados, que era una niña muy “pilosa”.
Sus compañeritos del barrio no se extrañaban si ella estaba presente en cualquier competencia deportiva que significara un esfuerzo físico. Lo mismo encestaba un balón, que anotaba un gol o bateaba de hit. Patinar toda una tarde era algo que la fascinaba, como también bailar hasta el cansancio.
Eran muchos los altercados con su señora madre por estas manifestaciones deportivas con los chicos del barrio. No mostraba nada anormal en su conducta, no había ninguna desviación en su condición de fémina, pero reconocía en su interior que se sentía más cómoda en compañía de los chicos. No por ello dejaba de reunirse con las chicas, con las cuales comentaba sobre chicos, telenovelas, farándulas, modas, etc.
Judith, la mamá de Jenny, no había tenido una vida fácil. Tantas necesidades resueltas a medias, tantas amarguras y decepciones le habían dejado huellas. Su rostro mostraba una juventud prematuramente marchita. Fue una joven que tuvo el infortunio de enamorarse del hombre equivocado. No atendió las reconvenciones de sus padres, sus amigas le habían advertido, pero ella lo descubrió demasiado tarde. El era un hombre felizmente casado y ella una de tantas conquistas universitarias. De manera que perdió. Perdió la estima de sus padres, perdió sus estudios y perdió el amor a la vida. Pero ganó una hija, Jenny, y un mundo lleno de problemas que aún no acababa de conquistar, o que nunca pudo hacerlo. No sabía hacer nada y solo contaba con su orgullo y la firme decisión de tener a su hija dignamente.
Jenny no nació en cuna blanca, pero desde entonces contó con el amor y los esmerados cuidados de ella, que procuraba brindarle todo lo que necesitara, hasta el punto de descuidar su propia persona. Eran tantos los afanes por superarse que nunca más tuvo tiempo para enamorarse, otra vez.
Desde aquellos juegos infantiles existía una amistad especial entre Jenny y Alf, siempre procuraban ser pareja o quedar en el mismo equipo «tienen sentimientos afines» pensaba doña Judith.
Sus compañeros nunca le dieron importancia a eso. En realidad ni ellos mismos se habían dado cuenta, aunque cada uno por su lado había suspirado alguna vez por alguien.
Fue ya en la pubertad cuando lo descubrieron. Sucedió con ocasión de un paseo a la playa que se organizó en el barrio. Alf indicaba a Jenny como flotar y lanzar sus brazos y piernas para nadar. La tomó por la cintura y la volteó suavemente baca abajo sobre el agua y para sostenerla, deslizaba su mano izquierda hacía su pecho y la derecha desde el vientre hacia sus piernas. Rozó ligeramente su monte de Venus.
No pudo continuar y quedó como petrificado. Un correntazo recorrió su cuerpo y lo puso a temblar desde los pies hasta la cabeza, como si hubiera pisado un nido de anguilas eléctricas.
Jenny, aunque percibió el temblor, de momento no entendió el por qué. Se enderezó y al verlo con los brazos todavía extendidos y la mirada perdida en el horizonte, le preguntó qué le pasaba. El joven no contestó. Ella acercó su cuerpo al de él y le rodeó el cuello con sus brazos. Con una voz apagada y sonrisa en sus labios volvió a preguntarle:
-¿Que te pasa?-
El reaccionó y al verla tan cerca y tan radiante clavó su mirada en los ojos de ella y luego, como si estuviera filmando, muy despacio, la bajó hasta sus labios.
Como la luz infrarroja de un control remoto, su mirada transportaba un torbellino de sentimientos, experimentados durante muchos años y nunca interpretados. Pero Jenny supo decodificarlos al instante y por eso tampoco se movió. Sus cuerpos se habían juntado muchas veces, pero en esta ocasión había caído el velo de la inocencia.
Lentamente acerco sus labios a los de ella, muy despacio, como si temiera lastimarlos con el fuego de su pasión recién despertada.
La mamá de Jenny trataba de explicarse lo que sucedía con su hija y no le veía la lógica, por el contrario, todo era extraño. Resolvió intentarlo.
-¿Hija, te sucede algo?
-No mamá ¿Por qué?
-Pues me ha extrañado tu silencio, tu sonrisa ha desaparecido. Si fue un paseo y no se ahogó nadie ¿Por qué esa actitud tan de funeral?
-No es nada mamá. No exageres, solo que estoy cansada y me arde la piel. Parece que me insolé un poco. Eso es todo.
Era un buen argumento pensó la mamá. Pero no estaba convencida. “Más sabe el diablo por viejo que por diablo”. Eran muchos años, día tras día pendiente de ella, tratando de adivinar sus pensamientos, para que ahora, con un comentario tan corto, intentara engañarla.
«Alf debe saber algo» pensó.
Jenny se acostó temprano, realmente estaba cansada y le dolía un poco la piel. Pero el fuego interno que la consumía era lo que la ensimismaba, aunque no eran muchos sus pensamientos en esos momentos: esos brazos alrededor de su cintura, esa mirada, esos labios, el murmullo de las olas, el….
Se entregó a los brazos de Morfeo, aunque hubiera preferido los de Alf.
El muchacho estaba en la esquina con los demás chicos comentando los incidentes del paseo. El no habló mucho. Ya de regreso en el bus, se había sentado lejos de Jenny y parecía no querer hablar. Los chicos decidieron retirarse a sus hogares.
Había pensado dar un rodeo a la manzana para no pasar por el frente de la casa de Jenny, pero no lo hizo. La mamá de Jenny, sentada en su puerta, había estado analizando la forma de indagar con Alf lo sucedido, pero sin que él se diera cuenta que la estaba investigando. Sintió cierta satisfacción al ver pasar al chico y precisamente solo.
-¿Hola Alf, muy cansado también?
-Hola doña Judith. Bueno sí, un poco.
-¿Se divirtieron mucho?
-Por supuesto, todo estuvo chévere.
-Pues por las caras que trajeron… parece que no ¿Acaso sucedió algo fuera de lo común?
El chico sintió otra vez el correntazo de esa mañana, pero esta vez al revés, desde la cabeza hasta los pies, y precisamente, eso era lo que quería en ese momento, “poner los pies en polvorosa”. No tenía corbata puesta, por eso no se explicaba ese nudo en la garganta. «Alguien nos vio» pensó. Ya repuesto, carraspeó y dijo:
-Debe ser por la insolación y el cansancio. Hasta mañana señora Judith.
Era mejor cortar por lo sano... y rápido.
-Hasta mañana Alf. Que descanses.
Lo último no lo escuchó, ya se había alejado bastante.
«El mismo argumento ¿Qué, acaso lo habían practicado?» Pensó doña Judith. Si la respuesta de su hija le había molestado un poco, la de Alf la irritó del todo, no contra el muchacho, sino, porque no logró averiguar nada.
-Ahora si estoy segura que algo pasó, pero ¿Que sería?- Murmuraba mientras guardaba su vieja mecedora y cerraba la puerta.
A igual que los chicos del barrio, ella nunca sospechó un idilio entre alguno de ellos y su hija. Ni siquiera con Alf que era tan afecto a la chica y a ella.
2
Pasó toda una semana y los dos jóvenes no se vieron nuevamente, o mejor, no se atrevieron. El desasosiego atormentaba sus corazones. Jenny se dedicaba con ahínco a preparar sus tareas y a leer.
Ese afán de lectura lo notó su mamá y más cuando ella era una buena alumna. Por su parte Alf aparecía taciturno, ido. Sin embargo, pudo disimular mejor su angustia existencial. El domingo siguiente tuvieron la oportunidad de hablar.
-Yo no sé si tú también Jenny, pero yo he pasado estos días con una inquietud que no puedo describir, pero que me atormenta demasiado y es preciso que hablemos.
-Pues a mí me pasa igual y me preguntaba si tú estarías en la misma situación. Pero no sé que pensar y mi mamá está muy escamosa. Mañana voy al odontólogo.
-Entonces voy por ti al consultorio.
-De acuerdo, a las 3 PM. Chao.
-Nos vemos, chao.
Otra angustiosa noche que Jenny veía interminable, dando vueltas en la cama y tratándose de explicar lo que le pasaba. No en balde había visto tantas telenovelas y leído incontables revistas donde se comentan los amores de los artistas. Sabía Que estaba enamorada, al menos mentalmente. Lo que no sabía, ni había leído, ni le habían contado, fue sobre esas oleadas de calor que de pronto invadían su cuerpo cuando pensaba en Alf. Lo que sí sabía era que esas oleadas, eran uno de los síntomas que avisaban a la mujer el agotamiento de su banco de óvulos y ella estaba muy lejos de eso, si apenas despuntaba a la vida.
Pero no solamente ella se trasnocharía, Alf también vivía su inquietud.
A las 2:20 de la tarde Alf tomó el bus. Calculó llegar preciso cuando ella estuviera saliendo, no quería perturbarse con una espera que le hiciera olvidar todo lo que había practicado decir.
Doña Judith también había tomado su bus unos minutos antes que Alf y ya estaba parqueada en la tienda de la esquina cerca del consultorio. Había consumido la mitad de una soda que ya estaba al clima.También había hecho varias llamadas a teléfonos ficticios, mostrando uno que otro disgusto porque no contestaban. La treta le dio resultado. Ahí pasaba Alf, justo y preciso cuando la niña salía del consultorio.
«Qué difícil es engañar a mamá. Que a veces le toca pasar por tonta es diferente ¡Madre mía, cómo te comprendo ahora, cuánto sufrirías por mí! Pero mi historia no se va a repetir, todo será a lo bien. Será tu revancha, madre».
Todo eso pensaba doña Judith mientras pagaba e intentaba apurar un trago de soda caliente que lo sintió como su primer trago amargo de madre. Sufría por tener que espiar a su hija, pero ella le había fallado, no le tuvo la suficiente confianza.
Alf no se detuvo, Jenny le tomó el paso y caminaron juntos. El intentó tomarla de la mano pero la suya no le respondió y le temblaba igual que su voz cuando la saludó.
-Quiubo Jenny.
-Hola- respondió ella pero sin mirarle.
Mientras caminaban, Alf mordía el lado izquierdo de su lengua, luego el derecho, después la punta y nada.
Su flagelación no surtía efecto alguno.
« ¿Quién carajo inventaría eso de tener las cosas olvidadas en la punta de la lengua? Tanto planificar y no puedo decirlo» Pensaba.
Se le había borrado el cassette al pobre chico. Hizo un esfuerzo más pero se detuvo cuando al mirar hacia atrás, vio que doña Judith levantaba la mano para saludarle en el momento en que se subía a un bus estacionado a su lado.
Que extraño, no estaba asustado pero su mente iba a cien por hora cuando sintió el tirón en su brazo.
-Aja, sigamos ¿Por qué te detienes?
-¡Tu madre!
-¿Queee?
-Doña Judith, quiero decir.
-Qué pasa con mi mamá.
-Que la acabo de ver.
-¿Dónde, dónde?- preguntaba la chica algo asustada.
-Parece que nos estaba siguiendo porque me saludó con la mano y enseguida se subió al bus. Estoy seguro que quería que supiéramos que nos vio.
-¿Estás seguro?
-Claro que sí, pero bueno, ni modo. Entremos a esta heladería y charlemos. Ya que más da.
Entraron, pidieron un par de refrescos y se sentaron a charlar. Jenny tomó la palabra.
-Alf, desde el paseo yo me siento muy mal, realmente no sé que me pasa o no sé como explicarme. Es como si estuviera en otro mundo y tengo miedo. Pienso que es mejor que sufra un poco ahora y no que me mate el dolor después. Quiero que nos veamos y nos tratemos como antes de ese beso. Dejemos que sea una experiencia inolvidable nada más. Quizás en un futuro…
-No te preocupes Jenny- interrumpió Alf- Haz sido lo suficientemente explícita y te juro que lo comprendo muy bien, porque yo he experimentado lo mismo y sé que serían muchos los inconvenientes que se nos vendrían encima, empezando por nuestras edades. Así que está bien. Aunque me gustaría besarte otra vez.
-No Alf. Vayámonos.
-No Alf. Vayámonos.
La mamá tenía cuarenta y cinco minutos de haber llegado, muy bien contados, cuando la hija entró a su casa. Había estado pensando cómo enfrentaría a su hija. Nunca tuvieron un enfrentamiento por nada y le incomodaba pensar que pudiera surgir algo álgido entre ellas.
-Hola mamá.
-Hola hija ¿Cómo te fue?
-Bien madre ¿Tienes algo que preguntarme?
-Pues sí. Pero ¿quieres tú contarme?
-Alf me dijo que te vio, que lo saludaste. Me gustaría saber por qué me seguías.
Había llegado el momento y la introducción la había puesto en ventaja frente a su hija.
-Estaba preocupada por ti. Tu comportamiento en estos días ha sido extraño y aunque sospechaba la causa no sabía por quién y como en el primer intento no pude saber nada porque no te confiaste conmigo, quise averiguarlo por mi cuenta. Te pido disculpas por ello.
-Está bien mamá, acepto tus disculpas y aunque no creo haber mentido ese día, te ruego me disculpes también. Pero de verdad me hubiera gustado mucho si hubieras esperado unas horas más. Yo tenía que contar lo que me pasaba a alguien y ¿quién más que tú para escucharme y ayudarme?
-Hija….
Las dos se estrecharon en fuerte abrazo y un par de lágrimas se deslizaron por las mejillas de doña Judith.
-Mi amor, sabes que siempre contarás con migo, sobre todo en esas cosas.
La había separado un poco para verle la cara mientras le hablaba. Fue entonces cuando Jenny explotó.
-Mamá…. Ayúdame… – decía con voz queda.
No pudo continuar porque el llanto la ahogaba. Doña Judith la atrajo hacia sí, se sentaron en un sofá, la abrazó fuertemente y en silencio espero que su hija evacuara por sus lágrimas todo ese sentimiento que amenazaba asfixiarla. La niña lloró por un buen rato y cuando ya solo gemía, le acomodó las piernas sobre el brazo del sofá y la cabecita sobre sus piernas. Le sobaba los brazos, le extendía el cabello con suavidad.
Después de un buen rato y cuando creyó que ya estaba dormida, intentó pararse suavemente.
-Estoy despierta mamá, por favor, espérame un poco más.
-Esta bien hija, tómate tu tiempo.
Unos minutos después Jenny se incorporó, se sopló, se secó una última lágrima y dijo.
-Mami, me siento muy mal. No pensé que enamorarse trajera tanto dolor.
-Mija… ¿Acaso Alf se portó mal?
-No mami, por favor. Déjame contarte. Ni siquiera fuimos novios.
-Perdona hija que te interrumpa, pero es que estás hablando en pasado.
-Si mami, es un pasado que nunca existió.
-Barájamela más despacio, por favor.
-El día del paseo yo me bañaba en compañía de Alf….
Y la chica relató a su madre lo acontecido en esa ocasión.
-Yo nunca había experimentado esas sensaciones. Por eso pretendía distraerme estudiando y leyendo hasta el cansancio. Por eso habías notado en mí todas esas cosas. Ayer hablé con Alf y él estaba viviendo lo mismo según me contó; de manera que resolvimos vernos hoy donde no nos vieran y pudiéramos hablar para resolver nuestra situación.
-Perdóname mi amor- dijo la mamá- parece que les dañé el rato.
-No mamá, nada de eso. Te va parecer raro pero Alf había pensado lo mismo que yo. Resolvimos enterrar eso y tratar de llevarnos y vernos como antes.
-Bastante difícil.
-Eso creo ahora, por eso te pido que me ayudes y me aconsejes….
La niña rompió a llorar nuevamente.
-No te preocupes mi amor. Pero cuéntame por qué dieron por terminado sus sentimientos.
-Según Alf porque tendríamos que enfrentar muchos problemas, el principal nuestras edades, y luego que el colegio, que el peligro, en fin, tú conoces esos peros mejor que yo.
Y sí que los conocía, pero hizo un esfuerzo y pensó bien lo que mejor pudiera decir en ese momento.
-Hija, no sabes cuánto te comprendo. Pero de momento dejemos eso ahí, ya mañana retomaremos el punto con más serenidad. Por favor, vuelve a tus discos, en el resto de la tarde visita a tus amigas y vecinas, ve televisión. El asunto es que no estés sola y sin nada que hacer.
La terapia de la señora madre dio resultado pues Jenny durmió esa noche maravillosamente. Sin embargo a doña Judith no le fue muy bien. La película de su vida pasó por su mente otra vez y eso, por supuesto, no le hacía mucho bien. Recordaba los regaños de su madre, los altercados con su padre. «No, definitivamente a veces es mejor no enamorarse. Hay amores que causan mucho dolor» pensaba mientras acomodaba su almohada una y otra vez.
- Es extraño lo sucedido; está bien que me reclame por vigilarla, pero… ¿Por qué interrumpir sus incipientes relaciones tan abruptamente si a su edad enamorarse es normal y por qué Alf está tan de acuerdo? No ¡Dios mío, no puede ser! ¿Será que llegaron más lejos y están asustados? Pero cómo, si ese día no pudieron tener oportunidad y en estos días ella no ha salido. Mejor me espero un poco, no sea que me pase lo de hoy.
«Por qué, por qué me pasó eso si yo nunca he tenido problemas para hablarle a alguien. Por qué acepté lo que dijo. Realmente a mí me pasan vainas raras ¿Será cierto todo lo que me dijo?» se preguntaba Alf.
Otro más que esa noche no conciliaría el sueño tan fácilmente. El chico se sentía muy golpeado y no quería aceptar la pasividad con que tomó la decisión de Jenny. Ahora era a él a quien le ardían los labios por el deseo de volverla a besar, de volverla abrazar.
-Como poder olvidar esos instantes- se preguntaba. Y así, después de tantas preguntas sin respuestas se fue quedando dormido.
3
En esas vicisitudes transcurrieron 6 años. Jenny había terminado sus estudios secundarios y asistía ahora a la universidad.
Desde aquella época en que sus pezones asomaban imponentes como preludio de su generoso “porvenir”, había experimentado ese cáliz que arrastraría en el futuro: jóvenes que herían sus tímpanos con cada piropo, adultos con miradas lascivas que ofendían su pudor. Desde entonces luchó por explicarse ese sentimiento de culpabilidad que sentía en esos momentos y que tanta angustia le producían.
Inconscientemente descubrió que refugiándose entre sus amigos evadía esas situaciones que eran más frecuentes cuando salía con sus amigas, con el agravante de que ella sentía cierta censura por parte de aquellas. Por eso muchas veces añoraba su uniforme escolar que también fue un atenuante a su explosivo despertar de mujer. Muchas veces en la intimidad de su alcoba, había observado su cuerpo desnudo y pensaba que algunas pequeñas diferencias con el cuerpo de sus compañeras no justificaba vivir con ese constante asedio lujurioso.
También había pensado en su forma de ser, de tratar a los demás y no entendía como su amabilidad, su buen humor y su carisma pudieran mal interpretarse.
En un examen retrospectivo de su conducta aclaró a su madre que no había ningún derecho a que en la vecindad se pusiera en tela de juicio su sexualidad. Por supuesto que le gustaban los hombres, el problema radicaba en cómo el común de los hombres la veía a ella. Ella quería miradas de afecto, palabras de amor que edificaran un sentimiento noble de amor sincero. Pero que no podía aceptar un “te quiero” que más bien era un “te deseo”. No podía aceptar un “te amo” con mirada a los ojos si ella no los tenía entre sus piernas.
Explicaba a su madre que no era machorra o lesbiana, que era una mujer normal a la espera de su príncipe azul que la viera como persona y no como objeto sexual.
Aunque el comentario había sido duro, doña Judith sintió cierta satisfacción, pues hacía tiempo que su hija le preocupaba. Parecía como si su llama de la jovialidad se le hubiera ido extinguiendo poco a poco. En los últimos años de secundaria hizo varios cursos y ella entendía que más que el conocimiento, lo que buscaba era ocupar su tiempo al máximo. Que había levantado una barrera entre ella y los varones, con los cuales la relación era estrictamente para lo indispensable; aunque no lograba entender por qué era tan distante con las mujeres también. Todo eso preocupaba a doña Judith y la hacía sentir culpable pensando que por estarla espiando en aquella ocasión, su hija había truncado su primer amor y tomado esa actitud tan sospechosa.
Definitivamente tenía que ayudar a su hija –De momento actuaré yo, debo lograr subir su autoestima. Los atributos que Dios le dio debe saberlos manejar y si no puedo, buscaré ayuda profesional- Se dijo.
-Hija, ven y siéntate a mi lado, quiero charlar contigo un rato, de nosotras. Tú sabes lo que significas para mi y me puede mucho la forma como estás llevando tu vida últimamente.
-Mami, no hay nada de malo en eso, así que no tienes por qué preocuparte.
-Mi amor, sabes de qué quiero hablar. Por favor, ayúdame a entenderlo y quizás podamos solucionar algo ¿si?
Jenny agachó la cabeza y ambas guardaron silencio por un momento. Luego tomó una mano de su madre entre las suyas.
-Está bien madre, intentémoslo. ¿De qué quieres que hablemos?
-De por qué has cambiado tú forma de ser. ¿Qué te hizo cambiar que yo nunca me di cuenta?
-Mi cuerpo mami. Ese es un tema muy viejo ya.
-Pues no lo entiendo. Tienes un cuerpo muy lindo ¿Quieres explicarte?
-¿Lindo? ¡Ja! Sí que lo sabré. Madre, desde hace rato, desde que salía de mi niñez, a los diez años casi, me di cuenta que los muchachos mayores me veían de una forma diferente. Al principio me incomodaban porque creía que tenía el short roto o descosido, o que estaba sucia. Después comprendí el por qué de esas miradas. Un día, una vecina hablaba contigo y decía que yo tenía bonitas piernas, que tenía la cola alta, que sería una mujerona. En fin, todo eso.
Pero después, cuando empezaron a crecerme los senos, la cosa cambió a peor, ya no eran miradas indiscretas sino los piropos.
Nunca me dijeron que tenía bonitos ojos, o bonita cara o bonita cabellera. Siempre se referían a mi trasero, como si él sacara la cara por mí.
Su madre, que prudentemente guardaba silencio, unió su otra mano.
-Ya voy entendiendo mi vida. Por favor, continua.
-A medida que me desarrollaba esa situación se fue convirtiendo en una constante. Sabes que a mí me gusta el deporte y soy muy buena en varias disciplinas. Y la cuestión de los chicos es que, como se criaron conmigo, son más discretos. Con ellos me siento protegida y me respetan. El problema era, y sigue siendo, mis amigas. Cuando salíamos las incomodaba, pues sin quererlo yo acaparaba todo, incluso los piropos vulgares que tanto las apenaban. Esa situación explica también mi forma de vestir, con ropa más holgadas de lo normal. Siempre tratando de ocultarme algo.
-Ahora comprendo todo mi cielo. Lamento mucho haber desconocido tu drama durante tanto tiempo. Pero ahora las dos, unidas con mucho amor y entusiasmo, vamos a darle la vuelta a ese pastel. Ya eres una niña bastante crecida. Antes, esos canallas te lanzaban un piropo vulgar porque saben que una niña se avergüenza y le da miedo y no responde. Si antes te refugiaste entre los varones para protegerte, ahora lo vas hacer para atacar a los canallas, si es preciso amparada por la policía. Ten la seguridad que ningún varón que esté cerca de ti permitirá que te ultrajen. Eso por una parte, por la otra, darle unos cambios a tu persona.
-Mamá, que es eso.
-Si mi amor. Yo te he criado bajo buenos principios de educación, de moral y de fe. Si Dios te dio ese cuerpo no fue para que te avergonzaras de él sino para que lo vivieras con decencia y dignidad. De manera que, como yo tengo algunos ahorritos, como tú sabes, vamos a salir de compras y conseguirte una ropita que vaya de acuerdo con la moda y con tu juventud.
Por supuesto, el cambio fue espectacular tanto en la universidad como en el barrio; sobre todo en éste, donde alguna vez corrieron rumores no muy agradables para ella. Jenny había vuelto. Radiante,
incomparable. Sus ojos color miel volvieron a brillar, acompañados por su sensual sonrisa.
Ya no escuchaba piropos vulgares, había crecido. Ahora la acompañaban con miradas de incredulidad; lo más avezados le decían piropos tan rimbombantes que ella devolvía una sonrisa que derretía a todos. Una vez entre risas, comentó a su madre que un señor, ya entrado en años, le había dicho “Que Dios me la siga bendiciendo mija”«Ahora sí tenía los ojos en la cara y lo demás en su puesto» pensaba ella.
Jenny definitivamente crecía en todo: físicamente, intelectualmente y laboralmente. Ya casi cumplía los 20 años y estaba pronto a terminar sus estudios de comunicación social. El haberse refugiado en los libros en aquella ocasión le sirvió de mucho, pues despertó en ella la pasión por la lectura y la escritura, de ahí que se decidiera estudiar periodismo.
A una mujer tan espectacular difícilmente se le puede decir no, así que, con alguna recomendación y su presencia, logró conseguir un puesto modesto en el periódico local y desde allí comenzó a alimentar una pequeña columna con comentarios sobre problemática social que, sin darse cuenta cómo ni cuándo, fue creciendo con el beneplácito del director.
Pero Jenny no escaparía nunca al asedio de los hombres, aunque esta vez ya había aprendido a darle frente y torear esas situaciones. Fueron muchas las veces que enfrentó intentos de chantajes de parte de algunos profesores de la universidad y de uno que otro ejecutivo del periódico, que trataban de sacar provecho de su mayor jerarquía. Pero eran solo intentos porque ella sabía cortarlos tajantemente.
Cierto día que investigaba por Internet algunos datos estadísticos para su columna, chequeó primero su correo electrónico y encontró un e-mail. Era Alf que le escribía desde Moscú, a donde había viajado para estudiar ingeniería eléctrica.
“Mi siempre recordada Jenny, estoy próximo a regresar a mi país y por eso rompo mi silencio. Sé que son pocas las veces que nos hemos comunicado, uno por mis ocupaciones, aquí es mucho el trabajo y corto el tiempo, y otro, por respetar tu decisión y permitir te realizaras libre de ataduras sentimentales. Y a fe que lo has logrado, pues desde que salió por primer vez tu columna no he dejado de leer una sola, es más, las colecciono. Gracias a Internet he seguido tu trayectoria periodística y estoy muy orgulloso de ti. Jenny, no sé de tu vida íntima o si estas comprometida sentimentalmente con alguien y me gustaría saberlo antes de viajar. Por mi parte te cuento que estoy soltero y te amo a pesar del tiempo y la distancia. Terminé mi carrera y quiero que compartas conmigo esos logros de los cuales también me siento orgulloso. Hice algunos contactos con empresas de allá y conseguí un contrato. Por eso, sin que ahora me tiemble la mano o la voz, te pido que te cases conmigo. Te ruego me contestes pronto, no importa si me dices que no, yo lo entenderé como la otra vez. Saludes a doña Judith. Hasta pronto mi reina. Alf”.
Jenny llegó temprano ese día a su casa, pletórica de alegría. Leyó a su mamá el mensaje, el cual cambiaba de manos constantemente mientras sacudía la otra con inusitado nerviosismo.
-Hija, no sabes cuanto me agrada escuchar eso. Por eso dice el refrán “a quien le van a dar, le guardan” ¿o me equivoco?
-En absoluto madre.
-Entonces… ¿aceptarás?
-¡Sí, sí!
Ambas se abrazaron y festejaron con mucha alegría.
-Mañana mismo contestaré su mensaje. Esta noche pensaré bien que le diré. ¿Qué te pasa mamá, hay algo malo?
Doña Judith había adoptado una pose pensativa. Su mente proyectaba otra vez la película que ella misma había montado con respecto al futuro de su hija. Por eso no oyó la pregunta.
-¡Mamá!
-¡Ah!... perdona mi amor. Me distraje un poco. Quiero decirte que desde ahora cuentas con mi bendición.
Al día siguiente y como de costumbre, Jenny llegó diez minutos antes de su hora de entrada. Después de despachar lo concerniente a su columna, entró a Internet y redactó su mensaje:
“Mi siempre amado Alf, nunca te he olvidado y al igual que tú, te he seguido amando en silencio y desde bien lejos. Por lo tanto te digo que SI, pero ven pronto porque mi soltería no resiste más. Te amo, Jenny.
FIN
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